09 de septiembre de 2013

Raphael, antorcha inapagable del Olimpo

Estaba la noche propicia a eso de las diez: había desaparecido la amenaza de lluvia y ya no había duda de la eliminación olímpica de Madrid. Todo listo para asistir al derroche de poderío que, puntual, comenzó a desgranar Raphael en plan ‘citius, altius, fortius’. Más rápido, más alto, más fuerte (hasta más joven) parece el artista en cada concierto de su internacional gira ‘Mi gran noche’. El espectáculo en La Malagueta estará la semana que viene –6 noches 6– en su mítico teatro madrileño de La Zarzuela. Sería un lugar común decir que ayer logró abrir la puerta grande: pero nada es común en el oficio de este hombre, en su formidable entrega al público, al que hizo reverencias y dedicó una exhibición de su enorme patrimonio musical. «Échenle años atrás», dijo, para citar la última vez que pisó esta plaza.

El albero estaba lleno de admiradores. En cada gran noche de sus conciertos, sus amantes refuerzan el idilio con el artista. Y ahí estaban sus fans de siempre (que peinan o tiñen canas, si las conservan), junto a otros de treinta o cuarenta, encantados por propia voluntad. E incluso algún veinteañero que enmascaraba su placer culpable acompañando a sus padres.

Hay gente que mira la tierra y no ve más que tierra, ah, pero cuando uno ve en directo a de Raphael ya no ve a un cantante: ve a un titán. En la primera hora –estuvo mucho más de dos – mezcló canciones menos conocidas con algunas bombas de racimo de su munición certera (como ‘Los amantes’ o ‘Digan lo que digan’). Y tras ese entrenamiento, la segunda parte del concierto sin compasión. Raphael disparó con arco, sin anestesia, toda la carga que ha ido atesorando durante décadas. Su tarro de las esencias es de una marca España que nos deja marcados el corazón. «¡Hay que ver el repertorio que tengo!», dijo, sentenciando una objetiva autoevaluación: «Los habrá mejores, más grandes imposibles».

El despliegue de su tratado sonoro sobre el desamor fue subiendo hasta las cumbres: las ‘joyas’· de su corona. Con esos momentos de en carne viva y tales destellos, a algunos nos brillaron los ojos. Y llegaron los alaridos («guapo», «torero»), algunos pañuelos blancos y las peticiones de otra y otra. Y él, que es baladista, popero, rockero, coplero, y hasta cabaretero (como demostró en ‘Maravilloso corazón’), pues no se arredró.

Si no vieron lo de anoche yo se lo telegrafío: fue otro abuso de su poder; otro derroche. Raphael dosifica sus fuerzas de manera magistral. Su voz eterna, antes fuego indomeñable, es ahora calor íntimo pero potente. Un forjado vocal que admite curvas en los giros altos, bajadas sensibles y silencios para sus desplantes. Ya no necesita echarse la chaqueta al hombro (se la quitó tras el escenario, para fervor de la multitud), ni hacer acrobacias (aunque no para, el tío: piano, escaleras, bailoteos…). Se pone el mundo por montera y entra a matar sabiendo que nos da en todo el cogote.

Los gestos de sus manos ya no son manieristas: son los justos. Abre los brazos para recibir aplausos. Y es una delicia oírle bordar, con mimo necesario, todas sus coplas. Mientras mira con ternura y algo de picardía a su público cómplice, une el pulgar y el índice de la mano libre del micrófono. Y con ese gesto, como el que enarbola una aguja, no da puntada sin hilo, alimenta la emoción e hilvana un dramón tras otro, tejiendo y destejiendo. Y nos deja, al final, a todos sus súbditos, ay, totalmente desmadejados.

Dicen los entendidos a los toros que, tras ver una faena memorable, los aficionados salen de las plazas emulando los pases de las grandes figuras. Anoche, de vuelta a casa, seguro que muchos entonaron el ‘Hablemos del amor’ o el ‘Cuando tú no estás’. Yo lo hice, pero no es plan de darles el domingo con mi balada triste de trompeta. Frente a Raphael, todos seremos siempre unos maletillas. Pues como dijo una certera, sintética y entregada espectadora: «Este tío tiene una voz que te cagas, ¿no?».

Diariosur.es (Juan Francisco Gutiérrez Lozano / Foto: Fernando González)

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